«Seguiremos dando la batalla por una cultura sin sepultura»: Así surgió la mayor protesta cultural reciente de Alcalá

La noche del 31 de octubre ofreció una estampa poco habitual incluso para una ciudad acostumbrada a eventos multitudinarios. En pleno Halloween, zombis, músicos, maquilladores y performers avanzaron por la Calle Mayor en una protesta que mezcló arte, humor y reivindicación para denunciar la situación de la cultura participativa tras la cancelación de Alcalá Suena. La «Marcha Zombie: Por una Cultura sin Sepultura» se convirtió en una movilización masiva que desbordó las previsiones iniciales y transformó una queja local en un símbolo colectivo.

La idea surgió cuando los organizadores asumieron que el festival Alcalá Suena no llegaría a celebrarse. «Solo nos quedaba protestar y visibilizar nuestro problema», explican, convencidos de que concentraciones de pocas decenas de personas —aun siendo totalmente legítimas— no lograrían romper el silencio institucional que percibían desde meses atrás. Esa reflexión llevó a explorar fórmulas que unieran impacto visual, participación ciudadana y un mensaje claro sobre el futuro de la cultura local.

El punto de inflexión llegó con un momento que los propios organizadores describen como un «Eureka». La primera idea, un entierro simbólico del festival, terminó evolucionando hacia un formato con más potencial escénico: una marcha zombie en pleno Halloween. «¿Qué mejor que hacer un entierro en Halloween?», recuerdan. El concepto permitía integrar creatividad, ironía y una identidad estética reconocible, además de reforzar la idea de que una parte del tejido cultural se siente hoy «enterrada».

A partir de ahí empezó una preparación frenética. Carteles, vídeos, un escenario móvil, equipo de sonido, coordinación de entre 15 y 20 maquilladores, músicos voluntarios y contactos con otros colectivos cuyos proyectos también habían sido cancelados formaban parte de una logística tan amplia como improvisada. «Era solo la parte inicial de este mogollón, y todo ello había que hacerlo en secreto para no poner en riesgo el plan», explican, conscientes de que cualquier filtración podía dificultar la convocatoria.

La estrategia incluía también tender puentes con el colectivo que había organizado marchas zombie en años anteriores, definir un enfoque común y descartar las líneas más duras que algunos sectores planteaban. «Teníamos memes, canciones y vídeos sobre el concejal y la alcaldesa que nos quedamos con ganas de enseñar», admiten, pero finalmente acordaron optar por un tono más creativo y menos personalista. En ese proceso emergió «Cecilio», un zombie que se convirtió en la cara visible de la protesta. «¿Qué le dices tú a un zombie?», preguntan, subrayando su capacidad simbólica.

Mientras la preparación avanzaba, los organizadores aseguran que el Ayuntamiento trató de desacreditar la marcha, modificar el recorrido e incluso presionar a colaboradores. Sin embargo, esos intentos —según relatan— tuvieron el efecto contrario. «Fue un efecto Streisand de libro», afirman, aludiendo a cómo la visibilidad del evento creció en redes sociales y llegó a medios nacionales.

A la tensión política se sumó un desafío operativo considerable: coordinar a más de cien personas con apenas uno o ningún ensayo realista. «Una marcha zombie se prepara en meses y nosotros teníamos días», recuerdan. La clave estaba en que la manifestación artística fuera comprensible para el público general, que entretuviera y que, quien acudiera solo por la estética zombie, encontrara también una puesta en escena cuidada.

La noche del 31 confirmó la magnitud del trabajo previo. La Plaza de los Santos Niños se llenó hasta dificultar el paso y la Calle Mayor recordó, según asistentes, la afluencia de una Cabalgata de Reyes. Performance tras performance, la marcha avanzó entre aplausos y móviles en alto, con un recorrido que discurrió sin incidentes y con apoyo de la Policía Nacional para mantener el orden. Para los colectivos culturales, la escena demostró que la protesta creativa puede convivir con la participación multitudinaria sin generar problemas de seguridad.

En su balance, los organizadores destacan el esfuerzo colectivo y la capacidad de improvisación que permitió salvar los contratiempos de los días previos, incluida la detección de un «topo» dentro del grupo. Explican que ciertos mensajes del concejal en redes sociales les alertaron de que ideas internas —algunas nunca ejecutadas— estaban llegando al Ayuntamiento, lo que obligó a reajustar partes del plan sobre la marcha.

Superada la movilización, el foco se desplaza ahora hacia el debate de fondo: el modelo cultural de la ciudad. Los colectivos insisten en que la Marcha Zombie no fue un gesto aislado, sino el punto de partida de una etapa en la que seguirán reclamando espacios y apoyo para la cultura participativa. «Seguiremos dando la batalla por una cultura sin sepultura», afirman, convencidos de que la creatividad seguirá siendo su herramienta más eficaz para hacerse oír en la conversación pública.

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