- El autor mexicano centró su intervención en el humor de Cervantes, la historia de su familia y el valor literario del español compartido.
- Celorio dejó algunas de las frases más destacadas del acto al reivindicar el vínculo entre México y España y cerrar con una defensa de la palabra.
El discurso de Gonzalo Celorio en la ceremonia del Premio Cervantes 2025 no se limitó al agradecimiento habitual de una jornada solemne. La intervención del escritor mexicano, pronunciada en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá, trazó un recorrido personal y literario por algunos de los temas que atraviesan su obra y su pensamiento: la figura de Cervantes, el humor como forma de lectura del mundo, la memoria familiar y la relación cultural entre México y España.
Uno de los ejes más claros de su intervención fue la reivindicación del humor cervantino. Celorio cuestionó la imagen severa con la que suele representarse al autor de Don Quijote de la Mancha y lamentó que en sus retratos no aparezca “la alegría de los ojos” que debería revelar “el ingenio del escritor”. A partir de esa idea, defendió que el humor no es un detalle secundario dentro de la obra cervantina, sino una de sus grandes herramientas para explorar la condición humana y la distancia entre los ideales y la realidad.
El escritor apoyó esa lectura con una referencia a Julio Cortázar y a Rayuela, donde se afirma que “el sentido del humor ha cavado más túneles en la tierra que todas las lágrimas que se han derramado sobre ella”. Celorio utilizó esa imagen para reforzar la idea de que la risa, la ironía y la mirada crítica que atraviesan El Quijote siguen siendo una vía válida para entender el mundo contemporáneo y la literatura que vino después.
Otro de los momentos centrales de su intervención llegó al abordar la relación entre México y España. En una de las frases más citadas del acto, Celorio afirmó que “la nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y de la cultura españolas, que le son inherentes”. No fue una mención aislada ni una fórmula de cortesía, sino una idea integrada en su reflexión sobre la tradición literaria en español, sobre el legado compartido y sobre la manera en que ambas orillas del idioma han dialogado históricamente a través de los libros.
En ese mismo bloque, el autor defendió también la vigencia de Don Quijote como una obra que sigue dialogando con la literatura contemporánea. Celorio sostuvo que la impureza formal de la novela cervantina, capaz de mezclar géneros y registros, anticipó muchos de los experimentos narrativos posteriores. De hecho, llegó a definir la novela como “un género sucio”, alimentado por la vida real, por sus aspiraciones, pero también por “sus lacras y sus inmundicias”.
Junto a la reflexión literaria, el discurso tuvo un componente muy marcado de memoria personal. Celorio explicó que una parte decisiva de su escritura nace de su propia genealogía y de las historias heredadas de su familia. Habló de migraciones, revoluciones, exilios, pérdidas y diásporas, y presentó ese archivo íntimo como uno de los materiales que han nutrido sus novelas durante años. Esa dimensión biográfica, muy presente en su trayectoria, tuvo un peso específico dentro de una ceremonia que combinó solemnidad institucional y relato íntimo.
El pasaje más emotivo llegó al comienzo de su intervención, cuando recordó a su padre y pronunció una frase que marcó el tono de todo el discurso: “Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después. Gracias”. Más adelante evocó también a su madre, a la que presentó como una lectora voraz, y a su hermano Miguel, a quien agradeció haberle acogido como a un hijo cuando era niño. Con esas referencias, Celorio vinculó directamente su literatura con la experiencia familiar, no como un adorno sentimental, sino como una fuente de sentido y de escritura.
La parte final del discurso volvió a concentrar otra de las ideas fuertes de la jornada: la centralidad del lenguaje. Celorio repasó brevemente su vida como docente, narrador, ensayista y académico para subrayar que toda su trayectoria ha estado unida a la palabra. El cierre fue tan sencillo como eficaz: “la palabra que más me gusta de la lengua de Cervantes es la palabra ‘palabra’”. Esa frase sirvió como síntesis de una intervención muy construida alrededor del idioma entendido no solo como herramienta expresiva, sino también como espacio de memoria, identidad y creación.
Más allá de la liturgia propia del Premio Cervantes, el discurso dejó un tono menos protocolario que reflexivo. Celorio no se limitó a agradecer el reconocimiento recibido, sino que aprovechó la visibilidad del acto para proponer una lectura de Cervantes, una reivindicación de la novela como género abierto y una defensa del español como territorio compartido. En ese equilibrio entre pensamiento literario, memoria personal y conciencia histórica se apoyó una intervención que fue, probablemente, el núcleo intelectual de la ceremonia celebrada este 23 de abril en Alcalá de Henares.










