- Cientos de personas siguieron en una pantalla gigante la victoria por 1-0 de España frente a Argentina en la final del Mundial.
- El gol de Ferran Torres en el minuto 106 desató una explosión de alegría que continuó con música, cánticos y una celebración compartida.
Hay noches en las que una plaza deja de ser únicamente un lugar de paso y se convierte en el punto de encuentro de toda una ciudad. La Plaza de Cervantes vivió este domingo una de esas jornadas difíciles de olvidar, con cientos de alcalaínos reunidos ante una pantalla gigante para acompañar a España en su camino hacia el segundo Mundial de su historia.
La música, las camisetas rojas, las banderas y los primeros cánticos comenzaron a llenar el centro antes del inicio del encuentro. La pantalla instalada junto a la Capilla del Oidor permitió seguir una final que enfrentaba a las dos últimas campeonas del mundo y que había despertado una enorme expectación después del recorrido de ambas selecciones durante el torneo.
El acceso era libre hasta completar el aforo y la programación previa incluyó música y animación para acompañar la espera. Familias, grupos de amigos y aficionados de distintas edades fueron ocupando la plaza hasta formar una grada improvisada al aire libre en pleno centro histórico.
El ambiente festivo de las horas previas dio paso a la tensión en cuanto comenzó a rodar el balón. España llevó el peso del encuentro y controló durante largos periodos el juego, pero se encontró con una Argentina organizada, defensivamente sólida y decidida a prolongar el partido hasta el límite.
Cada aproximación española levantaba al público de sus sitios, mientras que las interrupciones y el paso de los minutos aumentaban los nervios frente a la pantalla. Argentina apenas encontraba espacios para amenazar la portería española, aunque el marcador continuó cerrado durante todo el tiempo reglamentario.
La final cambió en los minutos de descuento de la segunda parte. Enzo Fernández fue expulsado por una fuerte entrada sobre Pau Cubarsí y dejó a Argentina con diez futbolistas antes de comenzar la prórroga. España afrontaba así el tiempo añadido con superioridad numérica, pero todavía necesitaba encontrar el gol que había perseguido durante toda la noche.
La primera explosión de alegría llegó en el minuto 96, cuando Nico Williams consiguió enviar el balón a la red. La celebración quedó detenida poco después porque el árbitro anuló el tanto al apreciar una falta previa de Mikel Merino sobre Nicolás Otamendi, una decisión que provocó protestas entre los jugadores españoles.
El golpe no frenó a España, que mantuvo la presión sobre el área argentina. En la plaza, la tensión aumentaba con cada ataque y cada repetición mostrada en la pantalla. El partido parecía encaminado hacia una resolución agónica cuando apareció la jugada que terminaría decidiendo el Mundial.
La liberación llegó en el minuto 106. Pedro Porro inició la acción por la banda derecha y el balón terminó en los pies de Nico Williams, que encontró a Ferran Torres dentro del área. El delantero consiguió superar al guardameta argentino y marcar el único gol válido de la final.
Durante unos segundos, toda la Plaza de Cervantes pareció celebrar al mismo ritmo. El grito del gol retumbó entre los edificios del centro histórico, las banderas comenzaron a agitarse y numerosos asistentes se abrazaron sin importar si se conocían. La tensión acumulada durante más de cien minutos se transformó de golpe en saltos, cánticos y una emoción compartida.
Todavía quedaba partido. Argentina trató de reaccionar mientras España defendía una ventaja mínima que podía cambiar en cualquier acción. La selección española incluso volvió a marcar en el minuto 114, pero el segundo tanto de Ferran Torres fue anulado por fuera de juego después de la revisión de la jugada.
La decisión prolongó la incertidumbre hasta los últimos instantes. Cada balón dividido provocaba una reacción colectiva ante la pantalla y cada recuperación española acercaba un poco más el título. La espera hasta el pitido final pareció interminable para quienes seguían el encuentro desde la plaza.
El final confirmó la victoria española por 1-0 y abrió una celebración que continuaría durante buena parte de la noche. España se proclamaba campeona del mundo por segunda vez, después del título logrado dieciséis años antes, y completaba una etapa histórica tras haber ganado también la Eurocopa de 2024.
La entrega de la copa se siguió con la misma atención que el partido. Cuando los jugadores españoles levantaron el trofeo, muchos aficionados alzaron los brazos desde Alcalá como si la ceremonia estuviera desarrollándose en la propia plaza. La distancia con el estadio de Nueva York y Nueva Jersey quedó entonces reducida a una pantalla y una misma celebración.
Después comenzaron los cánticos, la música y los recorridos por el centro. Algunos aficionados continuaron la fiesta alrededor de las fuentes que habían sido preparadas para la ocasión, donde los baños, las banderas y los saltos volvieron a formar parte de una escena habitual en las grandes victorias deportivas.
La celebración reunió a grupos que coreaban el nombre de España, jóvenes que grababan el momento con sus teléfonos móviles y familias que permanecieron en la plaza para contemplar la entrega del trofeo. El espacio que durante el encuentro había estado dominado por los nervios se convirtió en una fiesta abierta y compartida.
La victoria tuvo además un componente generacional. Para muchos de los asistentes más jóvenes fue el primer Mundial conquistado por España que pudieron vivir de manera consciente, mientras que quienes recordaban la final de Johannesburgo volvieron a encontrarse con una espera agónica, una prórroga y un gol decisivo antes del final.
Aquella noche de 2010 quedó asociada para siempre al tanto de Andrés Iniesta en el minuto 116. La de 2026 tendrá como protagonista a Ferran Torres y su gol en el minuto 106, nuevamente en una prórroga y nuevamente para decidir una final que permanecía cerrada y sin goles.
La Plaza de Cervantes añadió así una nueva noche a su historia como escenario de celebraciones colectivas. Más allá del resultado deportivo, la pantalla gigante permitió que una final disputada a miles de kilómetros se viviera como un acontecimiento cercano, compartido y capaz de reunir a cientos de personas alrededor de una misma emoción.
Cuando la música fue apagándose y los últimos grupos comenzaron a abandonar el centro, permanecía la sensación de haber asistido a algo excepcional. España volvía a ser campeona del mundo y Alcalá lo había celebrado unida, bajo la misma pantalla y con un grito que todavía tardaría horas en desaparecer de la plaza.
