- Declarado Bien de Interés Cultural en 1975, el palacio se levantó entre 1880 y 1884 como proyecto artístico ligado a Manuel José de Laredo.
- Sus fachadas y salones mezclan gótico, mudéjar y neomudéjar; hoy alberga el Centro Cisneros y el Museo Cisneriano con la Biblia Políglota.
En una ciudad acostumbrada a mirarse en sus grandes hitos —la Universidad, el Arzobispal, las calles del casco— hay un edificio que sorprende por su carácter casi secreto. El Palacio Laredo, en el ensanche del siglo XIX, no compite en tamaño con otros monumentos, pero sí en capacidad de asombro: es una pieza única, concebida como obra total, donde la arquitectura y la decoración cuentan una historia propia.
El inmueble toma su nombre de Manuel José de Laredo y Ordoño (1842-1896), un personaje singular del Alcalá decimonónico: artista, restaurador y también alcalde. Durante años se le atribuyó el diseño completo del edificio, pero la documentación de la Comunidad de Madrid sitúa el proyecto en el arquitecto Juan José de Urquijo, con quien Laredo colaboró previamente en trabajos de restauración del Palacio Arzobispal.
La historia arranca en 1880, cuando Laredo compra dos parcelas en las Eras de San Isidro y pone en marcha las obras. El palacio se construye durante cuatro años, hasta 1884, y desde el inicio se concibe como un espacio representativo, pensado para recibir y exhibir, más que como una vivienda convencional. Ese enfoque explica parte de lo que aún hoy se percibe al cruzar sus estancias: cada rincón parece hecho para ser contemplado.
Tras la etapa de su impulsor, el edificio cambia de manos y de usos, como tantas piezas del patrimonio local que atraviesan ciclos de esplendor y deterioro. En 1895 se vende a Carlos Lardet y Bovet, relojero y cónsul suizo afincado en Madrid, que lo convierte en quinta de recreo. En 1918 lo adquiere Vicente Villazón Fernández, lo rebautiza como Quinta Concepción y amplía la finca, en una fase de reformas que marca la evolución del conjunto.
A mediados del siglo XX vuelve a pasar a otros propietarios —entre ellos los hermanos de Luque y Ángel Aguiar— y, ya en 1973, los últimos herederos deciden donarlo al Ayuntamiento. El palacio llega entonces a un periodo de decadencia y abandono que se prolonga durante años, hasta que se acomete su restauración en 1988, un punto de inflexión que permite recuperar su valor artístico y detener el deterioro.
En la actualidad, el Palacio Laredo está vinculado a la Universidad de Alcalá, que lo utiliza como sede del Centro Internacional de Estudios Históricos Cisneros y del Museo Cisneriano. Esta doble función le da una vida distinta a la de otros espacios patrimoniales: no es solo un edificio visitable, sino también un lugar de trabajo y conservación documental, con piezas que conectan con la historia universitaria y cultural de la ciudad.
La singularidad del palacio se entiende, sobre todo, mirando hacia fuera. Su arquitectura es ecléctica e historicista: recrea estilos diversos con especial protagonismo del gótico y del arte mudéjar, y en ocasiones se ha asociado al neomudéjar por el uso del ladrillo. En las fachadas se superponen recursos y guiños que rompen cualquier lectura lineal: arcos lobulados y de herradura, matacanes, miradores, torreones y elementos que evocan minaretes.
Entre todos esos rasgos, uno se ha convertido en seña de identidad: la torre del reloj, planteada como un minarete y rematada por una cúpula de escamas de cerámica vidriada en verde y blanco. Es un detalle que, visto de cerca, resume la idea del edificio: una fantasía cuidadosamente construida, donde el material y el ornamento no son un añadido, sino parte del mensaje.
Por dentro, la lógica es la misma, pero multiplicada. Cada sala está decorada como si fuese un mundo propio, con referencias y técnicas distintas. Destaca el Salón del Alfarje, por la calidad de su artesonado, y una pequeña sala árabe con yeserías y azulejos que, sin pretender ser réplica, sugiere desde la distancia el aire de la Alhambra.
La estancia más reconocible es el Salón de los Reyes, con frescos atribuidos al propio Laredo que representan monarcas de la corona de Castilla desde Alfonso X hasta Carlos V, además del arzobispo Pedro Tenorio. En ese mismo espacio se integra una bóveda gótica trasladada desde el castillo de Santorcaz y una decoración que combina madera de estilo gótico-mudéjar con paneles de yesería.
Hay también un componente casi didáctico en la forma de decorar: una concepción astronómica medieval recorre la sala con meses y días del año en el borde de la esfera celeste, y constelaciones con efecto metálico que brillan cuando la luz atraviesa las vidrieras de colores. Es uno de esos detalles que explican por qué el Palacio Laredo, pese a ser menos conocido para el gran público, se ha ganado un lugar propio entre los edificios más singulares de la ciudad.
