¿Conocías estas frutas tropicales que puedes encontrar en el Mercado de Chamartín?

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Agosto vacía Madrid a cámara lenta. Cierran el bar de abajo, la frutería de la esquina y hasta el vecino que siempre saluda en el ascensor. El que se queda en la ciudad descubre que, justo cuando más apetece algo fresco para llevar mejor el calor, buena parte de los mostradores han bajado la persiana hasta septiembre.

Y hay un tipo de fruta que se queda casi siempre sin oportunidad, haga el mes que haga. Las tropicales llevan años en las mejores fruterías de la ciudad y, aun así, la mayoría de la gente pasa de largo. No por lo que uno pensaría. No es que den respeto, es que son las grandes desconocidas, esas que uno mira con curiosidad en el mostrador pero no termina de llevarse porque no sabe a qué saben ni cómo se comen.

«Uno va a lo que conoce, y si no sabes cómo se pela o se abre una fruta, no te la llevas a casa», comenta Daniel, gerente de Frutas Charito, negocio familiar del Mercado de Chamartín que hoy, tres generaciones después, encuentran en la fruta tropical y exótica uno de los principales atractivos de su frutería. «El problema casi nunca es comerlas, es que nadie te ha explicado cómo. El que se atreve una vez, repite.»

Y hay unas cuantas que merecen ese primer paso. La más aparatosa es el jackfruit, o yaca, que ostenta el título de fruta más grande del mundo. Un solo ejemplar puede rozar los 50 kilos y llegar al metro de largo, así que no es precisamente la pieza que uno guarda en el frutero de la cocina. Cuando está verde, su pulpa se deshila con una textura muy parecida a la carne mechada, y por eso se ha convertido en el comodín de media cocina vegana para tacos y guisos. Cuando madura sabe a una mezcla de piña, mango y plátano, hasta el punto de que la llaman «la fruta con sabor de todas las frutas». «Y de la yaca no se tira nada», añade Daniel. «Hasta las pipas se cuecen, y saben a algo parecido a una castaña.»

El kumquat está en el otro extremo de la báscula. Es el cítrico más pequeño que existe, del tamaño de una aceituna gorda, y esconde una de esas curiosidades que dejan buena cara al descubrirlas. «Se come justo al revés que una naranja. La parte dulce es la piel y la ácida es la pulpa, así que se mete entero en la boca, sin pelar. Si lo pelas, tiras a la basura lo mejor que tiene», resume Daniel. Morderlo de golpe, con su punto ácido dentro y su piel perfumada fuera, es una pequeña montaña rusa para el paladar.
La granadilla juega con otra sorpresa. Prima cercana del maracuyá, resulta ser la más dulce de toda esa familia, y se abre de un golpe seco, casi como si fuera un huevo. Dentro aparece una especie de gelatina llena de pepitas que se toma directamente con cuchara, crujido incluido. Ese crujido, insiste Daniel, «es parte de la gracia, mucha gente intenta quitar las pepitas y ahí está justo lo bueno».


Otras dos entran directamente por los ojos. El rambután lleva su historia escrita en la cáscara, ya que su nombre viene del malayo «rambut», que significa «pelo», y debajo de ese aspecto de erizo rojo se esconde una pulpa blanca y jugosa, prima hermana del lichi, que se abre por la mitad como un estuche. La carambola esconde su gracia en el corte, porque basta con lavarla y hacerla rodajas para que cada una salga con forma de estrella. De ahí que acabe casi siempre decorando ensaladas, cócteles o el borde de un vaso.
El lulo y el tomate de árbol llegan de los Andes, y ninguno se comporta como uno esperaría. El lulo no se come a mordiscos, se bebe, porque en Colombia su zumo es lo que aquí el de naranja, ácido y con un fondo que recuerda a la piña. El tomate de árbol, o tamarillo, es todavía más tramposo, ya que es pariente del tomate pero se toma como fruta de postre, con un punto afrutado que tira hacia el maracuyá y la guayaba.

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