- Los investigadores analizaron un caparazón casi completo y más de 90 placas y huesos recuperados en Pinilla del Valle.
- Los fósiles muestran que la especie ocupó altitudes superiores a las conocidas actualmente para su población occidental.
Una investigación con participación de la Universidad de Alcalá ha demostrado que la tortuga mediterránea habitó durante el Pleistoceno zonas de la Sierra de Guadarrama situadas a unos 1.100 metros sobre el nivel del mar. El trabajo, difundido este 4 de septiembre por la Universitat de València y publicado en la revista Historical Biology, analiza restos fósiles recuperados en la Cueva de la Buena Pinta, dentro del complejo arqueopaleontológico de Pinilla del Valle.
Los materiales estudiados incluyen un caparazón prácticamente completo y más de 90 placas y huesos aislados procedentes de niveles correspondientes al Pleistoceno Medio y Superior. El análisis morfológico permitió atribuirlos a la tortuga mediterránea, mientras que el estudio de las alteraciones de los fósiles apunta a que parte de la acumulación se produjo por actividad de carnívoros y transporte de agua, sin que los investigadores hayan identificado marcas de origen humano.
El dato más relevante aparece al comparar la altitud de los yacimientos con la distribución actual de la especie. Los ejemplares de Guadarrama vivieron en torno a los 1.100 metros, claramente por encima de los aproximadamente 850 metros considerados actualmente como máximo habitual para la subespecie occidental, presente en territorios del Mediterráneo occidental. Esa diferencia indica que estas poblaciones fueron capaces de tolerar condiciones ambientales más amplias que las observadas en su distribución moderna.
La revisión realizada por los investigadores añade otros registros fósiles de la Península que refuerzan esta conclusión. Yacimientos de la Sierra de Atapuerca, la Cueva de los Torrejones, en Guadalajara, y Cueva Horá, en Granada, muestran igualmente presencia de tortugas mediterráneas entre aproximadamente 900 y más de 1.100 metros, lo que cuestiona que históricamente la especie estuviera restringida a ambientes de baja altitud.
El trabajo plantea además implicaciones para la conservación actual de una especie cuyas poblaciones sobreviven hoy mucho más fragmentadas. Los autores sostienen que reconstruir su distribución pasada permite conocer mejor el conjunto de condiciones ambientales que puede soportar y consideran que esta información debería incorporarse a futuras estrategias de conservación, incluidas posibles reintroducciones o traslados a zonas interiores de altitud media cuando existan condiciones adecuadas.
La investigación ha sido liderada por Rafael Marquina-Blasco, de la Universitat de València, y reúne también personal investigador y técnico del Museo Arqueológico y Paleontológico de Madrid, IPHES-CERCA, Universidad de Alcalá, Universidad Complutense de Madrid, ICArEHB y Universitat Rovira i Virgili. Los resultados refuerzan además el valor científico de Pinilla del Valle como registro para reconstruir cómo cambiaron los ecosistemas de montaña de la Península durante el Cuaternario.
