- Ara Malikian llenó los Conciertos de la Muralla con un recital de casi dos horas el 5 de septiembre.
- El público disfrutó de un recorrido sonoro que alternó humor, emoción y virtuosismo.
La noche del viernes dejó una de esas citas que se recuerdan por la energía que atraviesa el escenario y llega sin filtros al público. Ara Malikian ofreció en Alcalá de Henares un concierto que mezcló relato personal y exhibición musical, apoyado en una banda precisa y cómplice. El resultado fue un viaje por etapas de su carrera, hilado con anécdotas y con ese sentido del humor que se ha convertido en marca de la casa.
El violinista planteó un recorrido que alternó piezas de carácter íntimo con otros pasajes de gran intensidad rítmica. Las transiciones, lejos de romper el clima, reforzaron la narrativa del concierto: de lo confesional a lo expansivo, de lo minimalista a lo orquestal, siempre con una atención constante al detalle sonoro. La puesta en escena, sin artificios excesivos, cedió el protagonismo a la interpretación y a la química entre los músicos.
Uno de los ejes de la noche fue el diálogo con el público. Malikian intercaló introducciones que contextualizaban cada bloque musical y abrían pequeñas ventanas a su biografía artística. Ese hilo conductor, más cercano al cuaderno de bitácora que a la simple sucesión de temas, sostuvo la coherencia del recital y permitió entender mejor el porqué de cada elección.
La banda funcionó como una extensión natural del violín solista: bases con pulso firme, arreglos que respiraban y espacio para el lucimiento medido de cada integrante. Sin necesidad de caer en el despliegue virtuosista por el virtuosismo, hubo momentos de técnica deslumbrante al servicio del conjunto, con dinámicas bien trabajadas y crescendos que llevaron al público de la contemplación al estallido final.
El programa, concebido como una travesía vital, incorporó guiños reconocibles para quienes siguen sus giras y suficiente material nuevo o reordenado para evitar la sensación de déjà vu. La continuidad narrativa hizo que el concierto se percibiera como una pieza única: un relato en capítulos que se cerraban con naturalidad antes de abrir el siguiente.
Más allá del brillo solista, destacó la atención a la acústica y al equilibrio entre secciones. Los pasajes más contenidos buscaron la proximidad y la escucha atenta; los más expansivos apostaron por la potencia controlada. Esa alternancia sostuvo el interés y evitó la fatiga, algo nada menor en un formato de larga duración.
El concierto dejó la sensación de un relato completo, con momentos de intensidad y de pausa que se integraron en un mismo hilo narrativo. Más allá del virtuosismo, lo destacable fue la capacidad de conectar con el público y dar sentido a cada transición, cerrando una noche que combinó oficio, cercanía y coherencia artística.










