- Los sensores de presión emiten identificadores únicos que pueden delatar los movimientos de un vehículo
- Receptores ocultos y baratos pueden captar esos mensajes y reconstruir rutinas diarias de miles de conductores
Los sensores que controlan la presión de los neumáticos, incorporados de serie en la mayoría de los vehículos modernos, podrían convertirse también en una herramienta de rastreo. Un estudio liderado por IMDEA Networks junto a socios europeos concluye que estos dispositivos emiten señales inalámbricas en claro que incluyen un identificador único y persistente, una característica que permitiría reconocer un mismo coche en distintos puntos sin necesidad de cámaras ni lectura de matrículas.
La investigación parte de una tecnología concebida con un objetivo de seguridad vial. Los sistemas TPMS, siglas en inglés de monitorización de presión de neumáticos, avisan al conductor cuando una rueda pierde presión y ayudan a reducir el riesgo de accidente, además de mejorar el consumo y el desgaste del neumático. Su implantación se ha extendido en las últimas dos décadas y es obligatoria en buena parte de los turismos nuevos comercializados en mercados como la Unión Europea o Estados Unidos.
El problema, según los autores, no está en la función del sistema, sino en la forma en que muchos de estos sensores transmiten la información. Durante diez semanas, el equipo desplegó cinco receptores de radio de bajo coste en vías próximas a carreteras y zonas de aparcamiento y recopiló más de seis millones de mensajes procedentes de más de 20.000 vehículos. El análisis de esas transmisiones permitió comprobar que los sensores no solo envían datos sobre la presión, sino también códigos únicos que pueden asociarse de nuevo al mismo automóvil con el paso del tiempo.
Ese detalle técnico cambia el alcance de la captación. A diferencia de las cámaras, que dependen de una línea de visión directa y de condiciones favorables para registrar una matrícula o identificar un vehículo, las señales de radio emitidas por los neumáticos pueden atravesar obstáculos como otros coches o algunas estructuras. Eso abre la puerta a instalar receptores discretos, baratos y difíciles de detectar en puntos de paso, aparcamientos o accesos a edificios para registrar entradas, salidas y rutinas repetidas.
Los investigadores fueron más allá de la simple detección de mensajes aislados. También desarrollaron métodos para emparejar las señales de los cuatro neumáticos de un mismo vehículo y así aumentar la precisión del seguimiento. Con ese procedimiento, el sistema puede reconstruir mejor patrones de movilidad y distinguir con mayor fiabilidad qué coche llega, cuál se marcha y cuáles repiten horarios o trayectos de forma habitual.
El trabajo sostiene además que la captación no queda limitada a vehículos detenidos o a distancias muy cortas. Las pruebas muestran que las señales pueden recogerse con el coche en movimiento y desde más de 50 metros, incluso cuando los sensores se encuentran en espacios no visibles directamente. Esa capacidad refuerza la viabilidad técnica de un seguimiento encubierto basado en radiofrecuencia, con un coste reducido y sin necesidad de infraestructuras complejas.
La información expuesta tampoco se limitaría a un simple identificador. Las transmisiones incorporan lecturas de presión y otros parámetros que, interpretados en conjunto, podrían aportar pistas adicionales sobre el tipo de vehículo o su uso. En determinados casos, esos datos podrían ayudar a inferir, por ejemplo, si un vehículo pesado circula con carga o si un turismo mantiene pautas de uso muy regulares, algo relevante desde el punto de vista de la privacidad.
El estudio sitúa este riesgo en un contexto más amplio: el de los vehículos conectados y la creciente cantidad de información que generan de forma automática. En los últimos años, las advertencias sobre privacidad en automoción se han centrado sobre todo en sistemas de navegación, cámaras, aplicaciones móviles o servicios telemáticos. Este trabajo desplaza el foco hacia un componente mucho más básico y menos visible, integrado en la rueda y pensado exclusivamente para funciones de seguridad.
Los autores plantean que la respuesta no pasa por prescindir del sistema, sino por rediseñarlo con mayores garantías de protección. Entre las posibles medidas figuran el cifrado de las comunicaciones, la reducción de identificadores persistentes o la introducción de mecanismos que impidan el reconocimiento continuado del vehículo desde receptores externos. A su juicio, fabricantes y reguladores deberían incorporar este tipo de salvaguardas en las próximas generaciones de sensores.
La conclusión de la investigación es clara: una tecnología implantada para mejorar la seguridad puede abrir, si no se refuerza su diseño, una nueva vía de vigilancia silenciosa. El hallazgo no implica que todos los vehículos estén siendo rastreados hoy por esta vía, pero sí demuestra que existe una posibilidad técnica real y relativamente barata para hacerlo. Esa combinación de bajo coste, dificultad de detección y capacidad para reconstruir rutinas es la que convierte el problema en una cuestión de ciberseguridad y privacidad con impacto potencial sobre millones de conductores.







