La Muralla Camp debuta en Alcalá con Ojete Calor, OBK y Ladilla Rusa en una noche de desmadre

muralla camp

Confeti flotando, abanicos ondeando y un karaoke colectivo imposible de contener: así fue el estreno de La Muralla Camp, que convirtió a Alcalá en escenario de desmadre pop con Ojete Calor, OBK y Ladilla Rusa. La primera edición del festival, enmarcada en los Conciertos de la Muralla 2025, reunió a miles de personas en una propuesta que apostó por el exceso, el humor y la nostalgia a partes iguales.

La velada arrancó con el Bingo Party by Drag Brunch, conducido por Vania Vainilla, Sagittaria y Clover Bish. Lo que en principio parecía un bingo se transformó en un show desatado de lipsyncs, chistes y premios surrealistas. Entre pelucas, disfraces improvisados y un público que no dejó de reír, la Muralla se convirtió en pasarela y pista de juego a partes iguales.

Ladilla Rusa irrumpió después con un repertorio que desató una auténtica verbena pop. Sus letras descaradas y coreografías imposibles hicieron que cada canción fuera un grito colectivo, con miles de gargantas entonando estribillos a todo volumen. Fue la confirmación de que el público no estaba dispuesto a tomarse la noche demasiado en serio, sino a entregarse al exceso con humor y ritmo.

La nostalgia tuvo su espacio con OBK, que transportó a la multitud a los años noventa con un repaso de sus clásicos. “Historias de amor” o “La princesa de mis sueños” sonaron como himnos que resistieron el paso del tiempo y lograron reunir en un mismo coro a quienes vivieron la época y a quienes la descubren ahora en clave revival. El set fue un paréntesis emocional antes de que la fiesta volviera a dispararse.

El turno de Ojete Calor fue el desmadre definitivo. Más que un concierto, ofrecieron un karaoke colectivo con letras absurdas y beats bailables. “Opino de que” o “Vete a tu casa” se gritaron como mantras generacionales, entre abanicos que volaban, confeti en suspensión y un mar de purpurina que parecía no tener fin. La Muralla se transformó en un escenario delirante donde la ironía era casi tan importante como la música.

La clausura, a cargo de Borja Sant con un DJ set, mantuvo a la multitud en pie hasta el amanecer. Con mezclas que alternaban clásicos pop y ritmos electrónicos, el recinto se consolidó como pista de baile colectiva. Nadie quería abandonar un festival que, en su primera edición, dejó claro que Alcalá tiene espacio para una cita gamberra, divertida y con identidad propia.

Salir de la versión móvil