- La aparición de ejemplares en una zona de paso ha reactivado la preocupación por el riesgo para perros, menores y viandantes.
- Durante 2025 se realizaron en la ciudad cerca de 900 retiradas y 1.175 actuaciones preventivas contra esta plaga.
La presencia de oruga procesionaria en los alrededores de la avenida de Daganzo, en el barrio de Iviasa, ha vuelto a situar en primer plano un problema que cada año reaparece con la llegada del final del invierno y las primeras subidas de temperatura. La alerta vecinal se produce en uno de los momentos más delicados del ciclo de esta especie, cuando deja de concentrarse únicamente en los bolsones visibles de los pinos y empieza a bajar al suelo en hileras, una fase mucho más expuesta al contacto con personas y animales.
La preocupación no responde solo a una molestia puntual ni a la imagen llamativa de las orugas desplazándose en fila. En este periodo, su presencia en aceras, zonas ajardinadas, alcorques y espacios de paso multiplica el riesgo en entornos cotidianos del barrio, especialmente en recorridos habituales de paseo. La situación afecta sobre todo a quienes transitan con perros y a las familias con niños pequeños, dos de los grupos más vulnerables ante un contacto accidental con los ejemplares o con sus restos.
La procesionaria del pino es una plaga estacional bien conocida en buena parte de la Comunidad de Madrid y su fase más problemática suele coincidir precisamente con estas semanas. Durante el invierno permanece en los nidos sedosos que forma en las copas de los pinos, pero al aumentar la temperatura inicia el descenso al suelo para continuar su desarrollo. Es ese cambio de ubicación, del árbol al nivel de paso, el que convierte un foco relativamente localizado en una incidencia visible y potencialmente peligrosa en parques, paseos y áreas residenciales con abundancia de coníferas.
El principal problema sanitario está en sus pelos urticantes, capaces de provocar irritaciones cutáneas, lesiones oculares y molestias respiratorias. En el caso de los perros, el contacto con el hocico o la lengua puede derivar en inflamaciones severas y exigir atención veterinaria urgente. Por eso, la aparición de procesionaria en superficie suele generar más alarma que la simple detección de bolsones en el arbolado: el riesgo deja de estar en altura y pasa a encontrarse donde pisan los vecinos y olfatean las mascotas.
El episodio detectado en Iviasa coincide, además, con la fase del año en la que se disparan los avisos. Aunque el control se planifica durante los meses fríos, es ahora cuando la plaga se hace más visible para la ciudadanía. La intervención sobre la procesionaria suele apoyarse en dos frentes: por un lado, los tratamientos preventivos aplicados antes de que complete su desarrollo; por otro, la retirada de nidos o focos detectados en el arbolado cuando la presencia de la plaga ya es apreciable. Se trata de contener su expansión y reducir el riesgo, más que de eliminar por completo un fenómeno que reaparece cada temporada.
Los últimos datos difundidos por la Concejalía de Medio Ambiente apuntan a que durante 2025 se llevaron a cabo cerca de 900 intervenciones de retirada de procesionaria en el arbolado urbano. A esa cifra se suman 1.175 actuaciones fitosanitarias preventivas desarrolladas entre enero y noviembre y diciembre del pasado año. Esos números permiten medir la dimensión del seguimiento realizado sobre una plaga recurrente, pero también muestran que la vigilancia no evita que, con determinadas condiciones meteorológicas, vuelvan a aparecer focos en distintos puntos de la ciudad.
En términos ambientales, el problema tampoco se limita a la afección sobre personas y animales. Las infestaciones repetidas debilitan a los pinos al alimentarse de sus acículas, lo que repercute en el estado general del arbolado y obliga a mantener campañas de seguimiento más allá de la respuesta puntual a cada aviso. En barrios y zonas verdes con presencia de coníferas, el control de la procesionaria forma parte tanto de la gestión sanitaria del espacio público como del mantenimiento del patrimonio vegetal.
A nivel práctico, la recomendación sigue siendo no tocar ni las orugas ni sus nidos y evitar que los animales se acerquen a las zonas donde hayan sido vistas. La retirada debe realizarla personal especializado, ya que manipular los bolsones o intentar apartar ejemplares del suelo puede favorecer la dispersión de los pelos urticantes. Con la primavera a las puertas, la aparición de procesionaria en Iviasa vuelve a reflejar hasta qué punto esta fase del ciclo es la más sensible en los barrios con pinos y por qué cada nuevo avistamiento genera inquietud entre los vecinos.
