- Investigadores de IMDEA Nutrición analizan a adultos celíacos que no mejoran pese a seguir estrictamente la dieta sin gluten.
- El proyecto CD3Dtech identifica alteraciones del ecosistema intestinal y abre la puerta a intervenciones nutricionales de precisión.
La enfermedad celíaca suele asociarse a un cambio de vida claro: diagnóstico, eliminación del gluten y, en teoría, recuperación progresiva. Sin embargo, para una parte nada desdeñable de pacientes la realidad es más tozuda. Aun retirando por completo trigo, cebada y centeno, continúan los dolores, la fatiga y los problemas digestivos. Un equipo de investigadores con sede en la Comunidad de Madrid ha puesto el foco en un actor cada vez más estudiado, el microbioma intestinal, para intentar explicar por qué estos síntomas no remiten.
La celiaquía es una patología autoinmune crónica que se desencadena cuando una persona genéticamente predispuesta ingiere gluten. El tratamiento, de momento, sigue siendo uno solo: una dieta sin gluten estricta y de por vida. Lo habitual es que, entre los seis y los doce meses tras el cambio de alimentación, la mayoría de pacientes note una mejoría clara. Sin embargo, los especialistas calculan que hasta un 30% continúa con molestias gastrointestinales, mala absorción de nutrientes o cansancio intenso pese a cumplir las recomendaciones dietéticas.
Para entender qué está ocurriendo en ese grupo, el consorcio liderado por el Instituto Madrileño de Estudios Avanzados (IMDEA) Nutrición ha estudiado a personas de entre 18 y 65 años con enfermedad celíaca confirmada mediante biopsia. Todos los participantes llevaban al menos un año siguiendo una dieta sin gluten y, aun así, seguían presentando síntomas en distinto grado de intensidad, lo que los convertía en un perfil clave para desentrañar los mecanismos que hay detrás de esa persistencia.
A partir de muestras biológicas y cuestionarios nutricionales, el equipo identificó hasta 431 especies microbianas presentes en el intestino de los pacientes. El análisis de estas comunidades bacterianas mostró diferencias claras entre quienes sufrían síntomas más graves y quienes referían molestias más leves. En los primeros, las redes microbianas aparecían como estructuras frágiles, con menor presencia de bacterias consideradas beneficiosas y un predominio de especies asociadas a procesos inflamatorios.
En el grupo con sintomatología intensa también se detectaron metabolitos característicos, vinculados a una mayor irritación de la mucosa intestinal. Por el contrario, las personas con síntomas más moderados presentaban comunidades microbianas más estables y resistentes, lo que sugiere una mayor capacidad del ecosistema intestinal para adaptarse y protegerse frente a agresiones. En ambos casos, no obstante, se observó un aumento de la permeabilidad intestinal, un indicador de que la barrera que separa el contenido del intestino del resto del organismo está comprometida.
El estudio incorporó además un análisis detallado de la dieta de los participantes. Los datos señalan que, entre quienes presentaban síntomas más severos, la ingesta de proteínas era menor, mientras que las deficiencias de vitamina D, zinc, hierro y calcio se repetían en prácticamente todos los perfiles. Estos desequilibrios nutricionales pueden contribuir a mantener el círculo vicioso de inflamación, malestar y mala absorción que muchos pacientes arrastran durante años.
Al cruzar la información microbiana, metabólica y dietética, los investigadores han podido definir marcadores concretos asociados a la persistencia de los síntomas. Esos marcadores sirven, por un lado, para comprender mejor qué ocurre en el intestino de estos pacientes y, por otro, para abrir la puerta a nuevas vías de tratamiento que vayan más allá del simple «no tomar gluten».
En este contexto se enmarca el proyecto CD3Dtech, una iniciativa de I+D seleccionada en la convocatoria de la Comunidad de Madrid y financiada con más de un millón de euros. Su objetivo es desarrollar herramientas de nutrición de precisión aplicadas a la enfermedad celíaca mediante tecnologías de vanguardia, como modelos de órganos en 3D y estrategias de biología de sistemas que permitan simular cómo responde el intestino a distintos estímulos.
El consorcio está encabezado por IMDEA Nutrición y cuenta con la participación de la Universidad Europea de Madrid, el Centro de Investigación Biomédica en Red (Ciber) y los hospitales públicos Infanta Sofía, en San Sebastián de los Reyes, y La Paz. A ellos se suma la Asociación de Celíacos y Sensibles al Gluten, que aporta la visión directa de quienes conviven a diario con la enfermedad y han visto cómo la dieta sin gluten no siempre es la solución completa.
A medio plazo, la ambición del proyecto pasa por diseñar intervenciones que combinen probióticos, prebióticos y pautas dietéticas ajustadas al perfil microbiano y metabólico de cada paciente. La idea es que estas herramientas sirvan para reforzar el equilibrio del ecosistema intestinal y reducir la permeabilidad y la inflamación, con el objetivo último de aliviar los síntomas que persisten más allá de la retirada del gluten.
Los resultados conocidos hasta ahora no cambian el mensaje principal que reciben quienes acaban de ser diagnosticados de celiaquía, pero sí matizan el escenario para aquellos que no terminan de encontrarse bien pese a hacer «todo lo que toca». Para este grupo, la investigación abre una vía de esperanza: entender por qué el intestino no se recupera como se esperaba y disponer, en el futuro, de tratamientos complementarios que permitan adaptar la alimentación y las intervenciones de manera mucho más personalizada.










