- El proyecto de la UAH, candidato en el IV Premio Nacional Palarq (80.000 €), impulsa nuevas campañas y análisis.
- Investiga la Cueva de los Murciélagos (Albuñol), con hallazgos singulares: cuerdas de arco más antiguas de Europa y fibras de 9.500 años.
La Universidad de Alcalá ha convertido una de sus salas de trabajo en pasarela al pasado: entre microscopios, cajas de archivo y luz natural filtrándose por los ventanales, el equipo de MUTERMUR reconstruye cómo se habitó y se usó la Cueva de los Murciélagos (Albuñol, Granada). El proyecto —coordinado desde el Área de Prehistoria— ha sido seleccionado finalista del IV Premio Nacional Palarq de Arqueología y Paleontología, un reconocimiento que distingue investigaciones relevantes y con impacto científico. La candidatura llega tras años de trabajo combinando excavación, estudio de colecciones y análisis de laboratorio.
MUTERMUR propone una revisión integral del registro arqueológico de la Cueva de los Murciélagos mediante nuevas dataciones, estudios arqueométricos e investigaciones interdisciplinarias. La meta, resume su investigador principal, Francisco Martínez Sevilla, es “estudiar la cueva en todos sus aspectos, desde el punto de vista histórico y prehistórico”, con una mirada que aúna territorio, museo y campo.
La Cueva de los Murciélagos es un enclave clave para entender el Mesolítico y el Neolítico inicial en el suroeste europeo. Su singularidad radica en la conservación de materiales orgánicos —madera, fibras vegetales, elementos de cestería—, excepcional en contextos de este periodo. “Si no fuera por esa conservación, sería otra de las muchas cuevas repartidas por España”, explica Martínez Sevilla, quien subraya que las condiciones internas del yacimiento han preservado restos que en otros lugares desaparecen.
Entre los hallazgos analizados por el equipo destacan cuerdas de arco elaboradas con tendones animales —las más antiguas documentadas en Europa—, astiles de caña y puntas de madera de olivo silvestre, además de un conjunto de cestería que se considera el mejor conservado y más antiguo del sur de Europa. Algunas piezas de fibras vegetales alcanzan los 9.500 años de antigüedad, un dato que afina la cronología y ayuda a reconstruir prácticas tecnológicas y de subsistencia.
El trabajo en laboratorio y museo se complementa con excavaciones y con el análisis de colecciones históricas. “Es una oportunidad muy grande”, valora la investigadora María Herrero, al referirse al potencial de cruzar tipos de objetos y técnicas para entender “cómo funcionaban las sociedades alrededor de ellos”. La estrategia permite relacionar herramientas, cestería y restos orgánicos con usos cotidianos y rituales.
A esa lectura contribuyen también los estudios arqueoentomológicos. Pedro Henríquez detalla que los materiales vinculados a fauna cadavérica aportan información sobre el momento de los depósitos funerarios y sobre las prácticas mortuorias en el Neolítico, un campo que rara vez cuenta con registros tan bien preservados. Este enfoque abre ventanas precisas sobre tiempos, procesos de descomposición y manejo de los cadáveres.
El respaldo de la Fundación Palarq —que convoca un premio bianual dotado con 80.000 euros para impulsar proyectos españoles de arqueología y paleontología— supone para MUTERMUR un espaldarazo operativo. Ser finalista ya reconoce la calidad del enfoque y su aportación a la arqueología de materiales orgánicos; obtener el galardón facilitaría nuevas campañas de campo, dataciones e instrumentación avanzada, así como su difusión internacional y la consolidación del equipo como referente.
“Tenemos mucha información en los laboratorios que estamos trabajando y esperamos que con más tiempo y más financiación podamos desarrollar más investigaciones y darle al público datos importantísimos sobre la sociedad prehistórica”, concluye Martínez Sevilla, subrayando la dimensión divulgativa del proyecto además de la estrictamente académica.
Más allá del resultado del premio, MUTERMUR encamina a la Cueva de los Murciélagos a un nuevo ciclo de investigación abierta y comparada. La combinación de excavación, colecciones y laboratorio no solo ampliará la cronología y el mapa tecnológico del Neolítico en el sur de Europa, sino que puede generar colaboraciones estables con museos y redes científicas que acerquen estos hallazgos —únicos por su conservación— a públicos más amplios sin perder rigor.









