- Aunque estén en el mismo sitio, dos personas no resultan igual de visibles para un mosquito
- La clave no está solo en el sudor: el cuerpo emite señales que estos insectos detectan con sorprendente precisión
En una terraza al atardecer, durante una cena de verano o en una noche con las ventanas abiertas, la escena se repite con frecuencia: varias personas comparten el mismo espacio, pero solo una parece concentrar todas las picaduras. Mientras unos apenas notan la presencia de los mosquitos, otros terminan la noche rascándose brazos, piernas o tobillos, convencidos de que estos insectos les persiguen de forma especial.
Durante años, esa percepción se ha explicado con frases populares: “tienes la sangre dulce”, “será por el sudor” o “a ti te pican siempre”. La investigación científica, sin embargo, apunta a un fenómeno más complejo. Los mosquitos no eligen a sus víctimas al azar, sino que se orientan a través de una combinación de señales que el cuerpo humano emite de forma constante: el dióxido de carbono de la respiración, el calor corporal, la humedad, el sudor y determinados compuestos químicos presentes en la piel.
El olor corporal ocupa un lugar central en esa explicación. Cada persona produce una mezcla propia de sustancias en la superficie de la piel, condicionada por factores como la genética, la microbiota cutánea, el metabolismo o la composición del sebo. Esa huella química, invisible para los humanos en muchos casos, puede resultar especialmente detectable para algunas especies de mosquito.
Varios estudios han observado que las personas más atractivas para estos insectos presentan niveles más elevados de ciertos compuestos, como los ácidos carboxílicos, presentes de forma natural en la piel. No se trata necesariamente de oler más o peor, ni de una cuestión que se resuelva solo con ducharse o usar colonia. La atracción puede mantenerse de forma bastante estable en el tiempo, lo que sugiere que hay rasgos personales difíciles de modificar.
El dióxido de carbono actúa como una primera pista. Los mosquitos son capaces de detectar el CO₂ que expulsamos al respirar y utilizarlo para acercarse a una posible fuente de alimento. Una vez próximos, otras señales más concretas —como el calor, la humedad de la piel o determinados olores— les ayudan a decidir dónde posarse y picar.
Por eso el ejercicio, el calor o el sudor pueden aumentar la exposición. Al movernos más, respirar con mayor intensidad o elevar la temperatura corporal, el cuerpo emite señales más fáciles de seguir. También intervienen sustancias liberadas a través del sudor, como el ácido láctico o el amoníaco, que forman parte del rastro químico que estos insectos pueden interpretar.
A esa mezcla se suman factores cotidianos. La ropa oscura puede hacer que una persona resulte más visible para algunos mosquitos, especialmente en entornos con poca luz. El alcohol también se ha relacionado en algunos trabajos con un aumento de la atracción, aunque no como una causa única, sino por los cambios que puede provocar en la temperatura corporal, la respiración o el olor de la piel.
La idea de que todo depende del grupo sanguíneo, en cambio, ofrece una explicación demasiado simple. Puede influir en determinados casos, pero los expertos señalan que la elección de los mosquitos responde a un conjunto de señales, no a un único rasgo aislado. La piel, la respiración, el calor y el entorno forman una especie de mapa que estos insectos utilizan para localizar a sus objetivos.
La prevención, por tanto, pasa menos por intentar cambiar el olor natural del cuerpo y más por reducir las condiciones que favorecen las picaduras. Los repelentes autorizados, la ropa clara y de tejido ligero, las mosquiteras, los ventiladores y la eliminación de agua estancada siguen siendo medidas eficaces para limitar su presencia.
Que unas personas atraigan más mosquitos que otras no es una impresión sin fundamento. En muchos casos, el cuerpo emite señales que estos insectos detectan con una precisión sorprendente. Lo que para una persona es una simple noche de verano, para un mosquito puede ser una combinación muy clara de calor, respiración y química corporal.










