- Los alojamientos de baja altura y mejor integrados en el entorno obtienen una valoración más alta que los complejos turísticos más intensivos.
- El viaje medio analizado emite 662 kilos de CO₂ y el transporte concentra cerca de la mitad del impacto climático.
Los científicos de la Universidad de Alcalá han abordado la sostenibilidad turística desde dos ángulos distintos pero conectados entre sí: la transformación del paisaje en destinos costeros y la huella de carbono que generan los desplazamientos vacacionales. Las dos investigaciones parten de una misma pregunta de fondo: hasta qué punto es posible mantener la actividad turística sin degradar el entorno ni multiplicar las emisiones que contribuyen al calentamiento global.
Los trabajos concluyen que esa compatibilidad es posible, pero no de forma automática. Depende, según los investigadores, de cómo se diseñen los alojamientos y de cómo se organicen los viajes. La expansión de grandes complejos hoteleros en primera línea de costa puede reducir el valor paisajístico del destino, mientras que los trayectos de larga distancia, especialmente en avión, elevan de manera muy significativa el impacto climático de las vacaciones.
Uno de los estudios se centra en el efecto visual y turístico de los complejos hoteleros en enclaves litorales. La investigación, desarrollada por especialistas de la Universidad de Alcalá y de la Universidad de Zaragoza, analiza qué tipo de paisajes prefieren los turistas cuando se alojan en una zona costera. Para ello se eligió un caso en Cuba y se compararon imágenes de una misma localización con distintas intensidades de intervención humana, desde escenas sin construcciones turísticas hasta otras con edificios de mayor volumen, altura y presencia material.
El objetivo no era solo medir si un paisaje gusta más o menos, sino identificar qué elementos explican esa preferencia. Para hacerlo, los autores adaptaron la matriz Kaplan, un modelo clásico de la psicología ambiental utilizado para estudiar la percepción del entorno. A ese esquema añadieron dos variables especialmente relevantes en el ámbito turístico: la sensación de desconexión respecto a la rutina cotidiana y el atractivo estético del lugar. Con esa base, realizaron una encuesta a 780 estudiantes de grado y posgrado de universidades españolas y brasileñas.
Los resultados sitúan la belleza del conjunto como el factor que más influye en la valoración de un destino. Junto a ese criterio aparece también el componente de misterio, entendido como la capacidad del paisaje para sugerir profundidad, interés o descubrimiento. En cambio, la mayor presencia de edificios o servicios no mejora por sí sola la percepción del lugar. La investigación apunta así a una idea relevante para el debate sobre el modelo turístico: aumentar la intensidad constructiva no garantiza una mejor experiencia para el visitante.
En la comparación de tipologías, los complejos tipo bungalow, de baja altura, con materiales ligeros y rodeados de vegetación autóctona, son los que obtienen una mejor valoración por parte de los encuestados. Su puntuación media alcanza el 3,91 sobre 5. En el extremo contrario se sitúan los desarrollos más intensivos, con bloques más altos, colores menos integrados y una menor presencia de vegetación, cuya valoración desciende hasta 2,34 sobre 5.
La diferencia es significativa porque se produce aun cuando el entorno natural de base sigue siendo el mismo. Es decir, no cambia la costa, cambia la forma de ocuparla. A partir de ese contraste, los investigadores sostienen que la urbanización más agresiva del litoral no solo altera el paisaje, sino que puede acabar debilitando uno de los principales activos del propio destino turístico: su capacidad de resultar atractivo para quienes lo visitan.
La segunda investigación se desplaza del territorio al balance climático del viaje. En este caso, los investigadores de la Universidad de Alcalá calcularon la huella de carbono de las vacaciones de turistas españoles a partir de una encuesta nacional a 980 personas. El análisis tomó como referencia el viaje más caro realizado por cada encuestado durante el año e incorporó distintas fuentes de emisiones, entre ellas el transporte, el alojamiento, la alimentación, las compras y las actividades realizadas en destino.
El promedio obtenido ronda los 662 kilos de CO₂ equivalente por viaje. Casi la mitad de esa cifra procede del transporte, sobre todo del desplazamiento hasta el destino. El dato refuerza una de las conclusiones centrales del estudio: el modo de viajar condiciona de forma decisiva el impacto ambiental total de unas vacaciones, hasta el punto de que una sola semana fuera de casa puede tener un efecto climático comparable al de varias semanas de vida cotidiana en el hogar.
Los datos también muestran que los viajes internacionales en avión disparan la huella de carbono individual. La investigación detecta, además, una relación directa entre el gasto turístico y el volumen de emisiones: cuanto mayor es el desembolso económico, mayor suele ser también el impacto ambiental del viaje. Esa tendencia aparece con más claridad en las vacaciones de personas con rentas más altas y en residentes de grandes áreas urbanas como Madrid o Barcelona.
Aunque ambos estudios examinan dimensiones diferentes, comparten una misma lectura sobre los límites del turismo convencional. Por un lado, cuestionan la idea de que más construcción equivale a mayor valor turístico. Por otro, evidencian que la movilidad de larga distancia, especialmente cuando depende del transporte aéreo, concentra una parte muy elevada del coste climático asociado al ocio.
La conclusión común apunta hacia un modelo turístico más selectivo en sus decisiones y más exigente en sus impactos. Eso implica diseñar alojamientos que se integren en el paisaje en lugar de imponerse sobre él, contener la presión urbanística sobre los espacios costeros y favorecer desplazamientos menos contaminantes o de menor recorrido. También supone prestar atención a otros elementos del viaje, como la cadena de suministro, el consumo asociado a la estancia o el tipo de actividades que se realizan en destino.
Las dos investigaciones sitúan así la sostenibilidad turística en un terreno concreto y medible, lejos de los mensajes genéricos. La discusión ya no se limita a si viajar es compatible con la protección ambiental, sino a qué condiciones hacen posible esa compatibilidad. En esa respuesta pesan tanto la forma física que adopta el turismo sobre el territorio como las emisiones invisibles que deja cada desplazamiento.










